Estudio de diseño gráfico  / enricsatue@hotmail.com  / 93 555 26 15

Cartel 50 x 70 cm
para un festival de cine 
Segovia, 2013

Tengo que decir que, puesto a diseñar, lo que más me gusta es trabajar con letras —mejor tipográficas que caligráficas— y naturalmente con números, que juntamente con el papel llegó a España desde Arabia. De los números, el que más me gusta es el ocho; no veo número más chulo que un ocho: al margen de que la forma representa el infinito, está hecho con dos círculos encaramados uno sobre oltro, tal como los «xiquets de Valls» montan sus castillos, es decir, con el de arriba más pequeño que el de abajo, para asegurar la estabilidad. Es un detalle sutil pero fundamental para el equilibrio tipográfico, al plantar el ocho sobre la base evitando el riesgo del tentempie. Por eso es tan deplorable que en un establecimiento de lujo como pretendía ser Vasari, sito en el Paseo de Gracia esquina Mallorca, tuvieran colgado con la mayor desfachatez un rótulo en cada calle con la particularidad que en uno de ellos la «S» aparecía cabeza abajo y, naturalmente, se tambaleaba. Advertidos que fueron de la inestabilidad de tan augusto ocho, prometieron reponerlo hace unos tres años, y naturalmente, todo ha seguido igual hasta que, traspasado el negocio, finalmente los rótulos han desaparecido.

No sé si bastaría una anécdota como esta para rodar una película, aunque me temo que no, por más que todos sabemos que el cine es un reino donde todo es posible.

No es la primera vez que me encargan carteles de cine; el primero fue Tatuaje, una película sobre la novela de Manuel Vázquez Montalbán y dirección del malogrado Bigas Luna, y dos más para La muerte del escorpión y Raza, el espíritu de Franco, ambas dirigidas por Gonzalo Herralde.

Esta vez se trata de todo un festival, no de una sola película, y fui agraciado con el premio tipográfico de tocarme en suerte el cartel de la octava edición. No la séptima o la novena, sino la octava. De modo que el número ocho se presentó virgen y radiante. Por una vez, transgredí a gusto la norma de construirlo con dos círculos de diámetros distintos, y los hice del mismo. De hecho, no fue un ocho, sino dos bobinas portadoras de película que hacían de ocho. Aunque si uno se fija verá que los diámetros de las cintas que hay en las bobinas son desiguales, con el de arriba menor que el de abajo, con lo cual restituyo al César lo que es bien suyo.

© 2016 Enric Satué