Estudio de diseño gráfico  / enricsatue@hotmail.com  / 93 555 26 15

Motivo que ilustró etiquetas, tapones, cajas, furgonetas y papelería corporativa de los vinos Perinet 
Priorato y Montsant (Tarragona) 2002

Fragmento de «Tríptico del oráculo», relato del libro 

Crónicas de diseño con sabor a menta, vainilla o chocolate 

Edicions 3i4, Valencia, 2011.

 

En el café de Konstandis vimos aquella tarde los aldeanos bebiendo, como si nada, infusión de salvia, fumando el narguilé, jugando a las damas y los más jóvenes al ajedrez. Poco más o menos, como los pintó Nikos Kazanzakis en Cristo crucificado de nuevo.

Ahora bien, fuera de cuadro, en una mesa situada discretamente lejos del tumulto, mi amigo Takis y yo pugnábamos por ganar la batalla del diseño ideal de una etiqueta de vino, en aquel momento imaginaria. Como los persas de la batalla de Maratón que tuvo lugar allí enfrente, en el golfo Sarónico, yo me alineaba  a la derecha, cediendo la izquierda, como los griegos, al amigo nativo.

No nos cansábamos de trazar y trazar esbozos a lápiz sobre servilletas de papel, en un ritual vagamente exorcista, puesto que ni las etiquetas esporádicas de vino de resina que Takis diseñaba para un viticultor de Atenas acababan de gustarle, ni a mí me convencían las que hice por compromiso con tal de renovar las del clásico Marfil de la Cooperativa Vinícola de Alella.

Y es que en proyectos de esta clase, la influencia de los clients pesa más que el vino más peleón, y sube a la cabeza, y echa a perder fácilmente la idea más brillante, excepto en casos especiales en los que el diseñador es parte activa del negocio o, al menos, un socio minoritario.

Obviando esas excepciones, pocas etiquetas de vino ganan concursos de diseño. Probablemente por eso, celebramos con tanto entusiasmo el hecho de que, una vez evaporados los espíritus malignos, apareció sobre la mesa, con las sillas tumbadas y los narguilés caidos, una espléndida marca creada por el culo de la botella que quedó, por azar, impreso en una de las servilletas. Concentrados en la búsqueda, no entendíamos que allí estaba la madre de todas las etiquetas hecha con un pictograma caido del cielo, que asociaba la naturalez etílica del producto con la huella sutil, semiborrosa.

De común acuerdo, añadimos el nombre de un vino imaginario como cabecera, sobre el círculo, de lado a lado, garabateando al pie los característicos bloques de texto con los datos de la cosecha, el grado y contenido. Acto seguido, Takis recortó cuidadosamente la servilleta hasta darle un formato de etiqueta convencional, y se guardó en la cartera aquella creación a cuatro manos.

 

© 2016 Enric Satué