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Logotipo del
Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona, 1996

 

El mismo día de la solemne inauguración del Museo Nacional de Arte de Cataluna, plantado en el Palacio de Montjuïc remodelado por la arquitecta italiana Gae Aulenti, reconocida por las obras del Museo Quai d’Orsay de París y el Palazzo Pitti de Florencia, el director Eduard Carbonell me tomó del brazo, en un momento dado, y con una copa de cava en la otra mano me llevó a un rincón discreto para decirme confidencialmente un piropo que me quedó prendido del corazó, como la Legión de Honor que colgaba de la pechera la arquitecta insigne:

—Ahora que todo ha pasado, tengo que decirte que a mí el logotipo que has hecho para el museo nunca me ha gustado. Pero debo reconocer que es muy eficaz.

—Apenas empieza su andadura —le contesté—, pero piensa que si lo consideras eficaz acabará por gustarte.

Dicho y hecho, y aunque la dirección del museo ha pasado por varias manos, recientemente ha dado con un director que ni le debe parecer eficaz ni desde luego le gusta, ya que se va apagando como una vela. No aparece casi por ninguna parte, substituido por ahora, tal vez provisionalmente, por una leyenda estrictamente tipográfica: Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Para bien o para mal, es un logotipo con cierta personalidad. Mimetiza la silueta inconfundible de la montaña que le da asilo, y además, las iniciales suben y bajan para acentuar todavía más la implantación cuesta arriba del museo.

Conste que, más allá de los directores, mi proyecto resultó ganador en un concurso restringido en cuya decisión, como es natural, no tuve arte ni parte.

En cambio, en alguna reunión mantenida con el Patronato a propósito de la necesidad de añadir el concepto «nacional» a la leyenda, decisión que costó lo suyo tomar, y no por unanimidad, intenté que prevaleciera la mano románica que acabó decorando las bolsas de mano por una temporada, por encima de las letras. No tuve éxito, pero sigo pensando que el dibujo magistral de esa mano que indica dulcemente alguna cosa a los visitantes, representa mejor que cualquier otra cosa un museo que, por más piezas que exponga, tiene en el románico su razón de ser. 

© 2016 Enric Satué