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Cartel de las Fiestas de la Merced 
Barcelona, 2003
 

Uno de los efectos benefactores, por más que discreto, del paso de Ferran Mascarell por el departamento de cultura del Ayuntamiento de Barcelona, instalado en el Palacio de la Virreina de la Rambla, fue que a partir de 2003 los carteles de la Mercè serían diseñados, alternativamente, un año por un artsita y un año por un diseñador. Por lo visto, los diseñadores habíamos sido excluidos en beneficio de los llamados artistas plásticos, tal vez con la idea de proporcionar un valor añadido a esta comunicación simbólica de la fiesta mayor de la ciudad. La decisión salomónica coincidió con que, así como el año anterior el artista invitado fue ni más ni menos que Antoni Tàpies, el año siguiente era yo el que iniciaba la tanda de los diseñadores. Ni que decir tiene que ir a rueda a continuación del honorable amigo Tàpies me llenó de orgullo.

Quizás fuera por eso, para corresponder como correspondía, pero me tomé el proyecto con un interés añadido, también. Había que quedar bien, como diseñador, con una muestra de nuestras capacidades que fuese claramente un diseño gráfico y no pudiese confundirse de ninguna de las maneras con una pintura u obra de arte.

A la sazón, los diseñadores gráficos veníamos de celebrar, cada uno a su modo, el «Año del diseño», y el logo proyectado para la ocasión por Toormix se basaba en las muestras de colores del popular catálogo Pantone, una herramienta fundamental para impresores y diseñadores gráficos que hoy nos ha rebasado completamente y ya es un instrumento de un uso prácticamente generalizado.

De modo que ordené esas muestras como si fuesen islas de casas de la ciudad, un pedazo de mapa con el nombre de algunas calles y todo dispuesto sobre un fondo amarillo taxi, como en Barcelona tenemos tendencia a llamar a los amarillos cromo.

Doce piezas forman una docena, y una docena es una manera antigua y popular de contar por miles, y ya se sabe que por la fiesta major todo el mundo echa la casa por la ventana.

© 2016 Enric Satué