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Litografía de 56 x 78 cm para obsequiar a clientes y amigos
Editorial Crítica 
Barcelona, 1986

 

La relación cálida e intensa mantenida con el editor Alfonso Carlos Comín hasta su muerte, tan prematura, me permitió participar en una producción febril que fue para mí el banco de pruebas ideal donde ensayar tipografías, imágenes, colores y composiciones, a veces más que arriesgadas, fruto de mi aprendizaje frenético. Como el gran John Heartfield, yo también probé por todos los medios a mi alcance que las cubiertas que diseñaba no dejasen indiferente a nadie. Y caso de serlo a la razón, procuraba que al menos no lo fuesen a los sentidos. Por eso no proponía imágenes desnatadas, como últimamente son norma, sino con grasa. Casi siempre había que interpretarlas, o hasta descifrarlas, por como la asociación con el título resultaba, algunas veces, difícil de establecer.

Pecados de juventud que después de Editorial Laia repetiría, con matices distintos, en la relación de amistat mantenida con Gonzalo Pontón, consejero delegado de Grijalbo y socio fundador de Editorial Crítica, compartiendo intereses y a veces mesa con Josep Fontana, Francisco Rico y, hacia el final de nuestra relación, con José Milicua, desbordando la amistat al límite de confiarme la dirección de la Editorial Electa España, un cargo excesivo que no se alargó más allá de seis meses.

Los pecados de juventud ya fueron perversiones al cometerlos con mi querida Rosa Regàs, editora de la Gaya Ciencia. Allí hicimos de todo, y más: una colección de cubiertas inédita en el panorama editorial infantil y juvenil (Moby Dick) y una más inédita todavía para la popularísima «Colección de Divulgación Política», unos breviarios que pretendían catequizar en los principios de la política una sociedad sordomuda, amordazada durante cuarenta años de dictadura. Algunas perversiones más refinadas, como una colección de clásicos (de la que no llegó a editar ninguno) y otra de cocina (con un par de rarezas) o la revista Arquitecturas Bis (que aparece en otro espacio) cuajaron definitivamente al presentarme a su gran amigo Jaime Salinas, con quien compartí el proyecto editorial que rumiaba para Alfaguara (pero esta experiencia también cuenta con un espacio propio).     

© 2016 Enric Satué