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Cartel electoral
Barcelona, 1981

Para los diseñadores gráficos como yo, «elecciones» es una palabra tabú. Muy al contrario de las agencias de publicidad —y los creativos publicitarios—, para los cuales es una palabra manà.

Claro que «hacer creer al mundo que creen lo que no creen», como decía Ramon Sibiuda —un catalán admirado por Montaigne— es un reto maquiavélico al cual los publicitarios no se saben resistir. Y por eso los argumentos e imágenes de las campañas electorales no logran convencernos. En la acepción literal del término, son un timo. El ideal del publicitario es hacer pasar gato por liebre (y hoy con el photoshop es tan fàcil), y la única utopía que alimentan es la de enriquecerse en el caso de hacer ganar a los candidatos que publicitan.

Del cartel que diseñé para la campaña del candidato independiente a la presidencia de la Generalitat de Catalunya, el historiador Josep Benet, la Libertad, la Amnistia y el Estatut de Autonomía hacían de impagable breafing. Animaba ser el responsable de la imagen de la campaña «per l’Entesa dels Catalans» de 1981. Admirava la integridad, la tenacidad y el espíritu de lucha del candidato, pero también admiraba a su equipo, que era como la junta de gobierno de un ateneo cultural. Allí estaban el intelectual Albert Manent, el historiador Josep Maria Colomer, el escritor Ignasi Riera, el cineasta Pere Portabella y periodistas como Jaume Codina y Joan Anton Benach. 

Era un candidato como para ir con él al fin del mundo. ¿O no? Ahora, no iría ni a la esquina con ninguno de ellos. Sabemos que nadie es perfecto, pero Josep Benet era poco favorecido, y la fotogenia no era precisamente su fuerte. Esquelético, medía más de fondo que de ancho, al contrario del Templo Expiatorio del Tibidabo, que mide más de ancho que de fondo. Posar henchido de banderas sobre un fondo de cielo rojizo le haría recordar el fraile de los higrómetros populares. Había que disimular los defectos objetivos y exagerar las cualidades potenciales. De modo que cuando me dispuse a diseñar el proyecto de cartel electoral definitivo, luego de aprobar la maqueta por unanimidad —y con la venia del interesado—, pensé que la imagen del perfil poco favorecido mejoraba en silueta y enmarcado dentro del óvalo del emblema característico de la institución que aspiraba a presidir, la Generalitat de Catalunya. Eso sí, tenía que ser impactante, y no sé por qué, en seguida pensé en un color rojo tomate. Y para postres, el cartel se ha convertido en todo un icono.

© 2016 Enric Satué