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Cartel del cincuentenario
de Ediciones Alfaguara
Madrid, 2014

El esplendor tranquilo del diseño editorial. A comienzos de 1977 en las mesas de novedades de las librerías de todo el país, aparecen unos libros que marcarán un antes y un después en la cultura del diseño editorial español. Los primeros títulos son de autores no muy populares, no era ese el argumento para que una editorial desconocida lograse el impacto que consiguió inmediatamente ¿Qué hacían a esos libros tan especiales en su aparente modestia? Su «aura». Libros que recuperaban una dignidad tipográfica que parecía extinguida, una armonía de versales, caja baja, cursivas, musical y geométrica, que provocaban el acariciar el volumen, que anticipaban el placer de abrirlos y leer, del tacto del papel, de poseerlo. Alfaguara nos mostró de repente que era posible el refinamiento silencioso, la elegancia sabia del diseñador editorial que lo sabe todo de su oficio y ama a los libros. Enric Satué era, ya entonces, un maestro pero su talento gráfico no había casi traspasado las fronteras de Cataluña. Jaime Salinas, como el gran editor que era, comprendió que la primera aproximación al lector se da a través de la cualidad objetual de este extraordinario artefacto que es el libro. Venía de una experiencia muy innovadora, el libro de bolsillo de Alianza, en el que los títulos, el precio, formato y la fuerza iconográfica de las cubiertas de Daniel Gil la habían convertido en un éxito fulgurante. Pero Salinas, un editor culto y paciente, como lo son los grandes, buscaba lectores tranquilos, que apreciaran el silencio, la lentitud, la excelencia serena. Esa es la personalidad única que Satué supo construir. Un rectángulo dentro de un rectángulo, como una doble cubierta, separados por una ligera y discreta orla de motivos ornamentales de la tipografía clásica, fleurons les llamó el impresor veneciano Felice Feliciano en su Manual de 1478. Para la cubierta solo la tipografía Garamond, redonda para el nombre de los autores, cursiva para los títulos. Satué los estampaba, con tipos de plomo, en un diminuto cuerpo 6 para luego ampliar desmesuradamente. Trazos mordidos, como habiendo soportado cientos de estampaciones en un viejo taller. Abriendo el libro, páginas de cortesía y portadillas recuperando la gran tradición, siempre elegantes y mesurados, los índices, las solapas, la cuarta de cubierta... Y por supuesto, la caja de texto, los cuerpos, las interlíneas. El dictador había expirado y, libres de la odiosa censura, la industria editorial se lanzó a todas las aventuras, el ansia de libertad y de crear era el motor. Con Alfaguara el diseño editorial recuperaba su dignidad y su lugar, Jaime Salinas exigió que el diseñador y el traductor fueran incluídos en el derecho de autor. El ejemplo de aquella Alfaguara no quería ser un episodio sino un ejemplo paraque en el futuro los diseñadores, y los buenos editores, no fuesen rehenes de los ejecutivos de escuelas de negocios ni de los directores de marketing. Todos éramos jóvenes y estábamos excitados, pero en el aula, mientras montábamos la gran algarabía del diseño, Satué con su amable bonhomía seguía impartiendo la clase magistral. Esa es la Alfaguara que muchos celebramos.

Alberto Corazón.        

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