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Acabo de asumir que la reflexión sobre la peripecia simbólica de Adán y Eva no constituye ninguna novedad, y aquí están para corroborarlo los padres de la Iglesia en primer lugar, los pintores góticos renacentistas, barrocos, neoclásicos, impresionistas, fauvistas, expresionistas, art-déco o pop art, algunos escritores y un selecto puñado de profesores universitarios, entre los cuales Umberto Eco.

   En El Paraíso perdido, por ejemplo, un poema de apocalíptica retórica, John Milton empieza diciendo: “Canto la desobediencia del primer hombre y la fruta fatal del árbol prohibido, la ingestión de la cual desterró del mundo la inocencia, haciendo entrar los dolores y la muerte, haciéndonos perder el Paraíso”. En cambio, en Los diarios de Adán y Eva, Mark Twain ofrece la contraimagen de una divertida campechanía, tanta que una serpiente doméstica me tentó a imitarle, salvando las distancias. La misma serpiente, o parecida, que Franz Kafka decretó como el primer animal de compañía, después de la expulsión del Paraíso.

     En tanto que catedrático de semiótica (ciencia que estudia señales, sistemas de signos, lenguajes —salvo el alfabeto— y síntomas o indicios, para sacar deducciones y símiles en relación a aquello que es latente y palpable) a Eco le han interesado siempre las señales “significativas” e “interpretativas” que emiten los Evangelios, y muy concretamente las de la creación de Adán y Eva. 

     Y si tal como dice, cuando un signo es particular deviene un símbolo, Adán y Eva son de lo más simbólico. Podríamos decir que son simbólicos por naturaleza, puesto que no son históricos, sino arquetipos ideales imposibles de individualizar en tipos vulgarmente reales. 

    Mira por donde, el célebre catedrático de semiótica de la Universidad de Bolonia se interesó por nuestro primer padre, a quien comsidera un nomoteta o creador de lenguaje, recordándonos el pasaje del Génesis en el que al ver Adán por primera vez a Eva exclamó: “Esto si que es una mujer, hueso de mis huesos y carne de mi carne. Y se llamará varona”. Es decir, Eva, palabra nueva y extraña que Eco ve justa y nada arbitraria, al observar la lógica lingüística del femenino de varón. Por cierto, también  ve la misma lógica en algo que dice más adelante: “Eva es vida, y madre de los vivientes”. 

    De modo que si Eva se llama Eva es por la gracia de Adán. Y como Eco cultiva el método del cogito interruptus al ver el mundo lleno de signos y síntomas (no sólo él, cuanto más miramos, más signos y síntomas vemos), Adán le parece un tipo atípico: “Un tipo humano creado ex-novo que puede proponer una visión del mundo y un programa de vida que estén más allá del estado de hecho”. Y no sé si incluir también al Estado de Derecho, con permiso del eminente profesor.

Cubierta de libro y textos D'Eva i els Adamites
Libro no venal editado por Lluïsa Jover 
Barcelona, 2012

 

© 2016 Enric Satué